Eloy Garza González

Oct 26, 2021

 

Poco antes de la pandemia viajé a Grecia. Cuando uno visita ese país corre el riesgo de apegarse tanto a los museos, que se olvida de que en Grecia también hay gente. Se dedica tiempo precioso a la lectura de etiquetas en las esculturas y las piedras filosóficas del Partenón. Al final, uno no fue a Grecia, ni a Atenas ni a Delfos, ni al Templo de Poseidón; fue a ver recuadros explicativos en inglés, traducidas del griego.

Al regreso de nuestros viajes de placer, las turistas coleccionamos una buena cantidad de fotos tomadas con el celular y en los posts debajo de cada imagen tenemos que aclarar: «esto fue en Santorini, esto en Creta, esto en Cefalonia, esto en Corfú», porque lo único que aparece en primer plano es nuestro rostro nada agraciado. Pero es como decirle a los incrédulos: «yo estuve aquí». ¿En dónde? Quién sabe. 

En el Partenón trabé relación con una pareja de veracruzanos, gente que irrumpe sin previo aviso por aquí y por allá, con total desparpajo. 

Los reconocí por el acento. Los veracruzanos son los habitantes más felices del planeta tierra. Los regiomontanos nada más presumimos que estamos alegres en las carnes asadas (o cuando ganan Los Tigres, porque cuando están felices los Rayados, no son de fiar). 

El problema ancestral con los veracruzanos es que un día entronizan a un paisano suyo como dictador (así lo hicieron con Antonio López de Santa Anna), otro día le rinden honores patrios a su pierna mutilada, y otro día exhuman la pata del patricio para burlarse de ella en una verbena popular con atole y tamales de hoja de plátano. Hasta la fecha siguen eligiendo bandidos como gobernantes. 

Como buenos veracruzanos, quisieron pegárseme durante mi viaje a Dragonis, la isla de las focas. Amablemente me negué. ¿Para qué  

Sale uno de México si no es para dejar de ver mexicanos, al menos por un tiempo? «Para darse a entender con los extraños», me aclaró la veracruzana, específicamente de Alvarado, así que floreció su verbo con sonoras mentadas de madre.

Un barquero griego me abrió sin querer el escape ideal: detuvo a la pareja de veracruzanos para explicarles a señas la utilidad de su tarraya, su caña de pescar y su barca motorizada. Todo veracruzano está obligado a demostrar que también es pescador de nacimiento («lo traemos en la sangre» suelen decirlo) aunque sea oriundo de Xalapa o del Pico de Orizaba. Y mientras trataban de convencer al barquero griego de que eran colegas suyos, escapé raudo y veloz rumbo a Dragonis.

En fin, vuelvo a mi viaje a Grecia. Para viajar a ese país, como yo lo hice en kaík, hay que contratar a un intérprete personal (que puede sustituirse por un app de iPhone, recurso más barato y funcional) o aprender las mínimas fórmulas de cortesía en griego. 

Será fácil: los griegos hablan no sólo por la boca, sino con gestos, con sus ojos, manos, hombros, etcétera. El vocabulario es lo de menos. Casi te piden perdón por usar un alfabeto tan distinto al nuestro. Todo aderezado con una botella de vino heleno, Mavrodaphne, al cual no pude negarme. 

Esto sucedió cuando desembarqué en Miconos, reina de las Cícladas y visité la iglesia blanca número 24 de las 64 que existen en esa isla (una por cada botín que los antiguos isleños rescataban de los naufragios que ocurrían cerca de sus costas). 

En otra ocasión les contaré el resto de mi historia, llena de emociones fuertes, bajas pasiones y compra desaforada de suvenires.  

 

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Last modified on Martes, 26 Octubre 2021 15:21