La Guarida Nacional: Nuevo León

Nov 06, 2019

Poemas en los que nunca es de noche (Uniedicioneses, 2019) es la nueva antología de Margarito Cuéllar (San Luis Potosí, 1956). En ella, su prologuista Jaime Quezada toca un punto nodal en la poesía de Margarito Cuéllar: la carencia de ataduras, formalidades y reglas estrictas. Su proceso creativo, apunta Quezada, anda “en un campo propio”, de ahí que “varios de sus singulares  poemas devienen en desafiantes licencias y renovados ejercicios, salvando verso o prosa de todo retórico lenguaje”.

―¿Usted está consciente  de sus “desafiantes licencias” y su alejamiento de “formalidades y reglas estrictas”?

―Una gran parte del proceso creativo se da sin que el poeta se lo proponga, en principio. Luego, el propio poeta enmienda la plana y como que le cae a uno el veinte de qué es lo que sucede para la mirada del otro. Viniendo de Jaime Quezada, gran poeta chileno, profesor universitario y avisado lector, me alegra que encuentre estos rasgos.

“En el verso libre, el desafío es para todos los poetas contemporáneos ya que, como escribía un periodista colombiano, las reglas las pone el propio poeta y a veces esas reglas son muy laxas, de tal forma que son distintas para cada poeta. En mi caso lo que trato de hacer es comunicarme y que el resultado, en este caso el poema, se la juegue con el lector. No pienso en un impacto específico en la otra mirada, sino en las posibilidades del lenguaje al servicio de lo que se trata de decir”.

 

Luces desde la medianoche del mundo

 

―Leemos en un poema una carta al Señor de los Cielos: “¿Es posible Señor burlar la aduana de los dioses y pasar por lo menos una Pietro Beretta?”¿Este tiempo nuestro marca esta poética?

―Definitivamente este tipo de textos eran imposibles en otro momento, aunque la violencia como tema está presente en la poesía de todos los tiempos, desde la poesía épica y en obras como La Ilíada La Odisea donde las guerras son tema central. No es la única poética que marca la época actual, porque siguen siendo vigentes los grandes temas de la poesía: el amor, la muerte, el paso del tiempo. Pero hay otros temas que se han agregado a partir de la última etapa del siglo XX y en lo que va del siglo XXI: la violencia producto del narcotráfico es uno de ellos. En el poema al que haces referencia se juega con cierto descaro al confrontar a un sicario con la idea de Dios, un poco para llamar la atención respecto hasta donde alcanza la influencia del mal. No se trata de sublimar a un personaje; por el contrario: poner en evidencia que la poesía no es ajena al entorno. Y el entorno actual, desafortunadamente, tiene que ver con ese tema en cierta parte.

―”¿Para qué poetas en tiempos de penuria?”, pregunta Holderlin en su elegía “Pan y Vino”…

―Es posible que éstos sean tiempos oscuros, pero también de luces desde la noche de los tiempos o desde la medianoche del mundo, parafraseando al poeta salvadoreño Jorge Galán. Precisamente la poesía y el poeta son necesarios para reflejar esa oscuridad y esa luz que denota toda época en conflicto. Quizá nunca como ahora las contradicciones ideológicas y la acumulación de riqueza en muy pocas manos, la depredación, el calentamiento global y la crisis de los modelos económicos sean tan claros. La oscuridad vendría de los asesinatos de mujeres en México y de la desaparición de estudiantes como lo que sucedió en Ayotzinapa, de la violencia de Estado en países como Colombia, donde se acentúa el asesinato de líderes sociales de manera selectiva pese a que hay un acuerdo de paz. De la vuelta a la dictadura en el caso de Chile, de los embates del neoliberalismo, de la descomposición de los partidos políticos, de la corrupción misma; a la vez que la luz vendría de los movimientos que intentan salir de ese yugo y exigen una sociedad más igualitaria, como ha sucedido en las movilizaciones en Ecuador, Barcelona o Colombia. Son casos muy recientes y la poesía aún no penetra ahí, pero ni el poeta ni el poema son ajenos.

 

El poeta es de todas partes y de ninguna

 

―Usted es originario de Ciudad del Maíz, situada en San Luis Potosí, si bien su vida transcurre en Monterrey. ¿Cómo determina el lugar de nacimiento su poesía, y si considera que ésta pueda denominarse mexicana, española, colombiana, etcétera?, ¿en qué punto se vuelve localista y cuándo  universal? 

―Las raíces son determinantes para la acentuación de una obra literaria y sus registros. El origen, la raíz, es la tierra de mis abuelos paternos y maternos y  el territorio en el que nací y viví hasta los ocho años. Esa geografía está llena de anécdotas y de vivencias, de mitos y ausencias. En mis poemas está en Saga del inmigrante, de 2008, y casi todos mis libros incluyen algunos textos que reflejan el semidesierto potosino y las migraciones hacia otras tierras en busca de mejores oportunidades de escuela y trabajo. Pero también hay un arraigo que tiene que ver con Tamaulipas, el primer punto de llegada al salir de mi tierra. La adolescencia, la presencia del mar. Esta parte se refleja en mi primer libro, publicado ya hace 37 años: Que el mar abra sus puertas para que entren los pájaros, de 1982, ya en Monterrey. Sigue presente en Hoy no es ayer, de 1983, y en una parte de Batallas y naufragios, de 1985. También es importante señalar que el poeta es de todas partes y de ninguna. En este sentido, también la geografía norteña (Tamaulipas y Nuevo León) está presente en la obra posterior y en la actual. Pero también está México y Colombia y España y China y Venezuela y los puntos cardinales a los que me ha llevado la poesía. La buena poesía es de casa, pero la casa del poeta es el mundo. Sí se puede hablar de poesía mexicana, española, griega, china, japonesa, latinoamericana por cuestiones de clasificación y muchas veces de registros territoriales, pero la poesía no tiene patria o, en su defecto, tiene muchas. Lo local depende más bien de los alcances y lo universal también. Pero una poesía estrictamente local se queda ahí, en el terruño, en el pequeño círculo, no porque hable de temas locales sino por las limitaciones de su alcance. La poesía, hoy, no tiene fronteras. Ramón López Velarde es zacatecano, pero su poesía va más allá. Lo mismo sucede con César Vallejo, Neruda, Raúl Zurita, Darío y Gabriela Mistral. 

―En la introducción de su nueva antología poética usted escribe que nunca ha tomado muy en serio la literatura, que tiene la sensación de  que lo que ha escrito alguien se lo ha dictado o lo copió; lo corrige y publica sintiéndose un plagiario. Que esta situación de inseguridad le hace seguir escribiendo…

―No es inseguridad, es reconocer que lo que escribimos se lo debemos a muchos. Como decía el poeta ecuatoriano Fernando Nieto Cadena: somos asunto de muchísimas personas. En este sentido los poetas siempre tenemos deudas con los demás. Las mías son con Antonio Cisneros y César Vallejo, con López Velarde y Efraín Huerta, con Sabines y Olga Orozco, con José Carlos Becerra y Enriqueta Ochoa, con los poetas brasileños Carlos Drummond de Andrade, Manuel Bandeira y Cecilia Meireles, con los Li Bai y los poetas clásicos chinos, pero también con los poetas chinos de hoy. Los poetas tenemos una deuda con la herencia y con la historia. Mencionaba lo del dictado y lo de la copia porque cuando repaso mi obra de pronto he olvidado detalles respecto a la circunstancia en la que nace tal o cual texto. No por hablar de plagio, sino de influencias y deudas, que con el paso del tiempo se acumulan. Lo que me impulsa a seguir escribiendo es que la poesía sigue siendo un misterio para la humanidad y para el poeta mismo. Y porque escribir sigue produciendo más dudas que respuestas. 

 

El auténtico poema no es conformista

 

―Lo que también se muestra a través de su poesía es una ácida crítica hacia la falsedad, hacia los mismos críticos y otras calamidades. ¿La poesía reclama o denuncia a través de los poetas? 

―La poesía es un cadillo en el trasero, un ramo de tachuelas, un entramado de espinas. Yo creo que la poesía no debe de reñir con el humor y la crítica. A la vez la poesía es una máscara y también un ir desnudo por la vida, exponiendo las miserias del poeta ante los demás. Lo falso y lo caduco, el maquillaje de la pose, la retórica y las aguas negras del conformismo reclaman la voz del poeta. 

―Ironía y humor son fundamentales en su obra. ¿Usted huye del verso herido hacia la línea fronteriza?  

―Para el poema, las líneas fronterizas son imaginarias, no así para los migrantes del mundo. Pero, sí, creo que el poema se burla de lo establecido y transgrede para buscar su propia salida. El auténtico poema no es conformista, ni con el lenguaje ni con la circunstancia que lo rodea, y está consciente de que tampoco es un panfleto, sino un detonante.

―¿Cuál es su percepción de la poesía actualmente y cómo vislumbra el panorama poético mundial?

―Me encanta seguir descubriendo voces y soñar que puedo leerlas a todas, lo cual ya es en sí un aferrarse a la Isla de Utopía. Pero cuando leo poetas de la talla de Nuno Júdice, Lêdo Ivo, Geo Bogza, Charles Wright, Eugenio Montejo, Olga Orozco, Sylvia Plath, César Dávila Andrade, Gonzalo Millán, Raúl Zurita o Paulina Vinderman, creo que ha valido la pena hacer este largo viaje que es la vida. A la vez, siento que si bien se vive una época de grandes convulsiones en todos los campos, las nuevas tecnologías nos permiten a la vez acceder a los registros poéticos de gran parte del mundo. Lo cual era inusitado, por ejemplo en la época de Alfonso Reyes. El panorama en la poesía contemporánea es alentador, para Latinoamérica y el mundo. 

―¿Cómo atiende el mundo a sus poetas? ¿Qué tanto les premia y reconoce su labor? 

―En el mundo cada quien anda en lo suyo. Los poetas a veces se ocupan del mundo. Los gobiernos a veces reparan en que la poesía existe. México es un país privilegiado en cuanto a la cantidad de recursos que se destinan a los estímulos artísticos. Lo que está flojo es la educación artística en la enseñanza, los alcances de la literatura son limitados y cada vez más, lamentablemente, se convierte en producto de élite. El mejor premio es el alcance que logra tener la poesía. Pienso en dos festivales de poesía: el de Medellín y el de En el País de los Escudos. Del de Medellín, con más tradición, me gusta la parte que se conecta con los públicos de no poetas, sino con las comunidades, en la medida en que esta posibilidad crece la poesía se fortalece.

―Hay una canción de Marillion (“Beautiful”) que cuestiona: “¿Eres lo suficientemente natural para permanecer hermoso?” Se lo pregunto por su poemario Teoría de la belleza, de 2018. en el que sus poemas dan la impresión de ser naturales, no artificiales.

―El título tiene que ver precisamente con las fronteras reales e imaginarias, con la migración y el lenguaje. Por supuesto, con poemas que buscan la belleza en la fealdad y con la palabra como detonante poético. El artificio lo da la retórica y el plástico, el maquillaje y los andamios falsos. Mi poesía busca otras rutas, a veces las encuentra, a veces no.

 

NTX  -  eitmedia.mx

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